Cuando uno se hace político, tiene que hacer un repaso de su trayectoria, especialmente, de aquella que se haya creado en redes sociales. Esto, le ha quedado claro al concejal, mejor, al ex concejal Zapata, obligado a dimitir por unos tuits en los que, tiznando el ambiente de negro, hacía ciertos chistes sobre el Holocausto y las víctimas del terrorismo.
Claro, hablo de cuando uno se hace Político. Y Político, no lo es cualquiera, esta figura, ya vieja y muy renombrada, es la persona que, por vocación, se dedica a gestionar lo de todos para beneficio de los más. El Político es una mujer, o un hombre, íntegro, sin tacha y de comedida verborrea. A estas, cuando un ser de este tipo, erra, la consecuencia lógica, es la dimisión, el despido o, en definitiva, acciones que le expulsan de la Política.
Ahora bien, cuando el que erra es un político, la cosa cambia. El político es una persona, a menudo formada, al menos en cuanto a lo que nos cuenta su currículum, representación bravía del macho ibérico (aplicación válida también para la mujer que constata ser hija del recio espíritu español), locuaz, enterado, profundamente creído de sí mismo, trajeado y de porte castellano. Y que además, cuenta con amigos políticos más viejos, que controlan el cotarro acerca de entradas y salidas en Política, que tienen el don de manejar los designios de cada uno de los miembros de las Administraciones. Por eso, este país es capaz de poner el grito en el cielo por el hecho de que un chaflamejas como Zapata, un don nadie, sin apellido relevante, mente lo que menta, y sea capaz de pasar por alto, decenas, quizás cientos de tuits y comentarios desafortunados de estos otros políticos, que llevan haciéndolo tanto tiempo que ya vemos sus meteduras de pata, como algo propio de la marca del ser español. Triste, pero cierto. Mofas que no son tal.
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