Desde pequeño he sentido inquietud por cosas que no le correspondían a mi edad. Y no digo que estas inquietudes no me dejaran dormir, ni mucho menos, pero es cierto que cada vez que me venían a la cabeza, ocupaban el breve espacio de tiempo que uno, en la niñez, dedica a la reflexión más allá del segundo.
Tengo recuerdo de preguntarme porqué me decían que era un deber ir a un lugar en el que se reunía gente bajo un techo alto, que éramos llamados a un evento semanal con campanas (y no dejaba de asimilar esta idea con otra que veía hacer a diario, la voz del dueño, a menudo mi padre, llamando a nuestro perro "Nano" o a "Rocky" (otro de los perros que tuve en esta época)). Sobre esa tiempo, un servidor se sentía convencido de que asistir a la Iglesia era un Deber inalienable, algo con lo que había que tragar, y recuerdo que formulé esta hipótesis, porque en su circunloquio dominical, el Pastor, nos comentaba siempre que éramos el Rebaño de un Señor que cruzaba las aguas a pie y era capaz de multiplicar el pan y el vino... Así que si lo mandaba un Superhéroe, no había objeción posible.
Es cierto que esta idea del Superhéroe era mía, muy dado a leer a cómics, y que sin duda esta afición recreó en mi conciencia un pensamiento equivocado, no lo puedo achacar a mis padres, ellos, generalmente, me dotaron de libertad desde que fui demostrando tener uso de razón. Cierto, no me la dieron toda de golpe, pero las cuotas fueron bien gestionadas y lo único que no entendí jamás es porque todos podían jugar a la pelota delante de casa... Y yo tenía que irme a jugar a la plaza so pena de irme "a mi habitación".
Tengo en la memoria los momentos en que asistíamos a la Cataquesis, en los que abríamos los libros sagrados y nos explicaban con todo lujo de detalles la vida y obra de Jesús, o de Dios, o de un hombre que era las dos cosas, o de un hombre mortal, normal y corriente, que tenía enchufe con un Dios. En esta historia, además, aparecía un carpintero, un señor que sin comerlo ni beberlo se vio inmerso en una narración que ha perdurado miles de años. También había una señora, que dio a luz a un bebé al que al nombrar por su nombre de pila o por Señor, saltaban los resortes del habla en algunos, y se decía sin pecado concebido.
Tardé muchísimo en darle sentido a este último grupo de palabras, pero sí, parecía querer decir que el muchacho, había sido puesto en el útero materno por obra y gracia del Señor. Y que además, este Señor no había hecho acto de presencia en el episodio, sino que había mandado a una paloma (blanca) y a un arcángel, que es un ángel, pero tuneado.
En cierta ocasión, pasó delante de mí un libro, y por alguna razón, se me quedó su título en la retina. Pasaron mis años de niñez y llegó la adolescencia, y aunque estaba ocupado en los pasatiempos propios de la edad (fútbol, fútbol, tenis, fútbol, fútbol, tenis, estudio, fútbol, fútbol, jugar y mirar al cañizo) recordé que había un libro que tenía pendiente de leer... Así fue como conseguí a préstamo, en la Biblioteca pública, La República. Así, de hecho, conocí tanto a Sócrates como a Platón. Reconozco que, de pasar a leer títulos del tipo Jorge y el capitán, La ciudad que tenía de todo o La voz de la madrugada, a esto un paso grande. Pero... mi concepción del mundo cambió por completo. Tardé la tira en leerlo. Intentaba asimilar todo. Y el hecho de que ahora Dios, mi dios de toda la vida, ya no fuera el mismo, sino un tal Zeus. Por las ilustraciones que pude ver del hombre, el parecido entre ambos era asombroso. Supuse que eran hermanos, se me cayó el mito del Dios único, y además, conocí a un grupo ingente de divinidades de todo tipo, ahora, resultaba, casi cualquier ocurrencia, podía tener asociada un Dios... Valga la pena recordar que Dioniso era como el Dios más anti- Dios que podría caber en mente adolescente.
Aquí se lanzó la liebre. Abastecido de títulos de todo tipo por la familia, recuerdo con cariño la lectura de La noche del Zorro y la primera de El Hobbit, pero mis visitas a las librerías solían saldarse con textos mucho menos apropiados a mi edad del pavo: El espíritu de las leyes, Crítica a la razón práctica, Genealogía de la moral,... Obvia decir que no tardaba lo mismo en leer a Grisham que a Freud, pero oiga... Estos últimos me llevaron a la conclusión de que, efectivamente, éramos rebaño, que al final siempre hemos estado bajo el cayado de un ser, a veces físico a veces no, y miren por donde... me dio por la política... Que al parecer, era la ciencia que regulaba esto que había ido descubriendo.