Si una cosa ha podido quedar clara después de estas elecciones, es que el principio del fin del Bipartidismo, es un hecho. El mapa electoral español aún está teñido con los colores de PP y PSOE, pero el ascenso de fuerzas como Podemos (y las plataformas populares que apoyaban) y Ciudadanos, ha sido, en términos globales, muy alto.
Lo decía bien el señor Izquierdo en su columna de opinión en la Ser, los dos partidos emergentes han pasado del estado gaseoso al sólido, ya no son proyectos que ilusionan a medio plazo, ahora son ilusión, ilusión en este momento.
En estas, comenzamos a ver los primeros síntomas de la patología de la debacle. Esperanza Aguirre, en un intento desesperado porque Manuela Carmena no gobierne en Madrid, ha llegado al imposible, ofrecer la alcaldía a Carmona (PSOE) y a pedir que el municipio no se gobierne como los viejos sóviets de la URSS. No contenta con eso, ha prendido la mecha de una iniciativa que habría llevado al PP, a alistarse de lado de quien fuera, con tal de que Podemos, en todas sus vertientes, no gobernara el país. Los vocingleros del PP vaticinaron que, si llegaran a ostentar poder, estos de Podemos, no tendrían pudor en matar gente; la misma Esperanza, asegura que la democracia moriría tal y como la conocemos si Pablo Iglesias alcanzara mayores cuotas de poder.
Bien, el PP, y el resto de gigantes, tienen un problema, Podemos lidera una ola de cambio, y pese a todo, estará presente de una u otra manera en diferentes gobiernos locales e incluso autonómicos (o eso se presume) y la gente de a pie, verá, que no, que no comen niños, no realizan sacrificios humanos al dios Stalin y sobre todo, que no traerán al ejército para imponer su poder pase lo que pase.
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