viernes, 2 de junio de 2023

El mito del votante racional.

 Hace un par de años tuve la oportunidad de leer una obra del profesor Bryan Caplan, un economista de la Universidad de George Mason en Virginia.

 Toda la obra viene a ser un decálogo del por qué el votante medio no es racional, que lanza su voto en la urna por razón de lo que lee, escucha,... dentro de su entorno, la mayoría de las veces, cuando le parece que "cuadra" con su sentir personal. Desde luego, el libro no es nada del otro mundo, pero refiere unos cuantos datos acerca de algo que se supone viendo determinadas actitudes y grandes mensajes de nuestros políticos.

 En general, la sociedad española no es distinta del resto de las occidentales. No es que esto de votar atendiendo a las emociones, sea algo nuevo. Al contrario, es más antiguo que el mismo hecho de elegir a un representante para cualquiera de las cámaras de un Estado, muchos tendremos en la memoria la literatura o la cinematografía, en las que el senador romano alude a un espíritu del pueblo (por ejemplo) para introducir medidas del corte que decidía bueno en aquel momento, y que en parte, representaban los intereses de determinado grupo social. Las versiones de esta demagogia se han actualizado varias veces a lo largo de los siglos, salvo en aquellas ocasiones en las que un tirano ejercía su poder por ascendencia divina y aquí no se le pedía siquiera que prometiera lo que sabía no iba a cumplir. Desde luego, con el auge de los extremos ideológicos, hemos vuelto a las actualizaciones constantes de esta forma de proceder. Uno puede prometer que va a echar a los trabajadores extranjeros, que impondrá barreras fiscales a los productos del exterior, que controlará la inflación o abolirá los impuestos manteniendo la calidad y cantidad de los servicios públicos, la estupidez reside en las mentes receptoras que las creen, y que luego de hacerlo, entienden que las naciones en las que residen, alzarán los beneficios propios como quien agita varita para dar luz a un hechizo. 

 El votante medio no se interesa por las implicaciones de las afirmaciones de aquellos líderes que han logrado engatusarle. Aquel nacional que no tiene empleo, a menudo con una formación más o menos baja (por ser el perfil mayoritario), encuentra atractiva la idea del líder político que le dice que el extranjero le roba sus puestos de trabajo, es una forma de justificarse quizás, de entender su situación tal vez, aún cuando ha quedado sobradamente demostrado que es una premisa falsa (El extranjero no te roba el empleo, y contribuye al sostenimiento del modelo). Tampoco es cierto que no haya de potenciarse el acceso a la formación y posteriormente al mercado de trabajo de las capas más pobres de la sociedad, estos grupos, por definición, carecen de las mismas oportunidades (Informe Banco Mundial), ese es uno de elementos que invitan a crear renta básicas, exenciones fiscales,... Se trata de crear un contexto para cientos de miles de familias que, fundamentalmente necesitan dinero para sobrevivir y no pueden construir un banco de oportunidades para sus integrantes. En este principio, reside la necesidad de contar con servicios públicos de calidad, el origen de una persona, cualquiera que sea, no debe de limitar las oportunidades de llegar a la meta que se propongan en cada caso. Hay un autor que ha tratado a lo largo de los años, este mismo problema, Marvin Harris. Hay varias obras en las que trata estos asuntos, siendo quizás, uno de sus clásicos, Antropología Cultural, el más conocido. En él habla muy detenidamente de como se relaciona la cultura (entendida como formación también) y sociedad, las herramientas de control de la clase gobernante o imperante sobre la ciudadanía. Es posible que si en los colegios, en cualquier tipo de escuela, se potenciase el juicio crítico (basado en lecturas, comprensión del entorno, ejemplos históricos,...) no nos encontráramos, dos mil años después, con los mismos senadores (y políticos en general) que aducen emociones "x" para sustentar sus ideas, en lugar de usar la razón, como punto de partida de la decisión por una u otra idea. 

 En nuestro país, tenemos muchas dosis de este populismo de nuevo cuño. Tenemos una sarta terrible de afirmaciones que nos toman por tontos, o si no, por lo menos, dan por hecho que no vamos a rebatir una idea acudiendo a Google para algo más que un tweet o un vídeo corto de Tik Tok. El votante medio, según parece, se informa donde le conviene. Siguiendo lo de antes, si mi idea sobre el clima es que sigue habiendo un verano caluroso y un invierno frío y lluvioso, acudiremos a los tweets de negacionistas de la emergencia climática, a vídeos de 30 o 60 segundos de Tik Tok, en los que uno, que se dirá experto en sentido común, explicará con un texto que esto de la Emergencia Climática (científicamente probada) es un invento de rojos  y científicos confabulados con determinados poderes fácticos. Obviamente, uno podría detenerse a leer cualquiera de las obras que existen al respecto que nos desarrollan los muchos estudios que existen sobre el particular (de los últimos que he leído me llamó la atención El Planeta imhóspito, de David Wallace Wells, un periodista muy significado en la lucha contra el cambio climático provocado por el hombre), pero esto implica la lectura de cientos de páginas con recursos a decenas de estudios (que también encuentras en Google la mayoría) y está claro que para el ciudadano medio actual, que recibe información por gigas en cuestión de horas, le vale con un vídeo corto para informarse de determinado proceso. Con esto, se explica que alguna lideresa política crea que la emergencia climática se soluciona con geranios en las terrazas, otros que piensan que bajando impuestos se podrán asegurar servicios públicos de calidad para todos o que aumentar las pensiones atendiendo al coste de la vida (IPC) es propio de ramas extremistas del comunismo leninista. 

Pues lo dicho, ¿y si nos da por ser verdaderamente racionales en nuestros intercambios, procurando dar argumentos que hayamos construido por nosotros mismos (cuando esto sea posible) después de contrastar y convencernos de lo que sea?. Sócrates, hace ya cientos y cientos de años, era de intercambiar cada día en la plaza de su ciudad con cuantos quisieran hacerlo, llegó a tejer una compleja organización social que posteriormente Platón plasmó en escrituras. Sereno como era, reconoció errores, enseñó a otros y fue tan "prolífico" que, aunque nunca llegase a escribir sobre lo que trataba a diario, hizo que otros, admirados por sus maneras, dejasen textos para la posteridad con los razonamientos (muchos hoy nos resultarían sorprendentes, en especial a nivel de organización estatal) que discutía a diario. Bien, si hacemos hoy algo parecido, mejor, si somos capaces de exponer con razones más allá de las meras emociones. 




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